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martes, 19 de julio de 2011

Portada de la Cobertura de "Un Cuento Guanaco"



lunes, 18 de julio de 2011

Nota del Autor

Un Cuento Guanaco, Resumen.


            Elvis Arquímedes, desde su niñez enfrenta muchos obstáculos, típicos de cualquier niño pobre en nuestra Latino América.  En su contra, se le agrega la guerra civil que su país conlleva, como también el estigma de sus dos apellidos aunados a su físico tristemente criticado por no estar en la línea de los atractivos.  Cree que debe sobresalir en algo, y como sea posible, y desde sus primeros años en la escuela, le incentiva el aplauso por ser el mejor de la clase.  Los retos son mas grandes al pasar de los años, y a pesar de su extrema pobreza aprende a sobrevivir con gallardía, buscando la vereda que lo aleje de la miseria y las garras del fantasma común, llamado “promedio”.
                                                              
            Es un camino largo y sacrificado, pero donde también encuentra el sabor de las pequeñas satisfacciones y las aventuras de un joven que le sonríe fiel a su realidad.  Se entrega a sí mismo y hacia los demás, y es donde encuentra sus grandes triunfos, porque hace realmente lo que ama hacer: Ser feliz.

Un Cuento Guanaco



  A
 sus quince, estaba terminando su plan básico en la escuela pública del pueblito de San Bartolo.  Y como siempre, se había ganado el primer lugar de la clase, el cual nunca perdió desde que comenzó su primer grado.  Aquella mañana revisando su certificado que le avalaba el primer puesto, se puso a reír cuando vio que en la única asignatura que mostraba el grado más bajo de  un ocho, era en la clase de inglés, la cual detestaba y de la que estaba seguro, no merecía ni tan siquiera un siete.  Intuía que su maestra, a la cual conocía desde sus años en primaria, había sido benévola y le había regalado aquel grado, para que se alzara con el primer puesto.  “Yes”. - dijo con un acento más inclinado por la “Ll” de castilla, que por la “Y” griega.  Tenía el cabello negro y algo quebrado, ojos oscuros con una brillantes saludable y sus pómulos sobresalían y magnificaban su tez color de hormiga.  Su perfil de gallinazo terminaba por mandarlo a la línea  infame de los menos agraciados, pero en su espíritu tenía un candor que lo rescataba de permanecer siempre en esa línea: Amable, gentil, dadivoso, excelente estudiante, buen hijo, y hasta una falsa representación de religioso, que ocultaba con un sigilo también religioso.
            Su abuela Tona, este día no lo había acompañado a la clausura de su  último año de plan básico.  La septuagenaria se había quedado en su choza, dándose un baño de sales y Ciprés, que le mitigarían el dolor del reuma que le había venido aquejando por el último año.  Así que aquella mañana la abuela le tenía la mejor camisa blanca y el mejor pantalón azul, de los dos únicos de uniforme de donde escoger.  Le preparó un buen desayuno a su nieto, donde a los acostumbrados frijoles y tortilla tostada a las brasas, se le habían agregado un huevo estrellado, un pedazo de queso duro, tres rajas de plátano frito y un pan francés.  Tan pronto había terminado con su desayuno, sus amigos le gritaron desde la calle, y salió con todos ellos a su último día en la escuela,  por donde pasó los últimos nueve años.
            Él, había sido designado para recitar la oración a la bandera en aquella ceremonia de clausura y donde descubrió los primeros signos de la nostalgia, al mirar los rostros de sus compañeros de clase, de los cuales intuía, que a muchos dejaría de ver, desde aquel día.  Además de ser un excelente estudiante, era también la estrella del equipo de fútbol de la escuela, pues era el goleador de puro cuero, puesto que jugaba este deporte descalzo para no exponer a deteriorar de una forma prematura, sus únicos zapatos.  Terminó con el protocolo acordado y tan pronto tomó su asiento, la maestra de ceremonia comenzó en cuenta regresiva con los ganadores de los primeros cuatro puestos.  – Y el primer puesto del noveno grado, es para Elvis Arquímedes Prieto Pinzón.  Y todos comenzaron a vitorear su nombre.  –Elvis, Elvis, Elvis…
            Su padre, quien se había quitado la vida después de habérsela quitado  a su mujer, en una riña mezclada por el alcohol y los celos, había dejado a Elvis huérfano desde los cuatro años.  Desde entonces vino a vivir con su abuela paterna y quien era ayudada por una de sus hijas,  quien fue una de las primeras habitantes de este nuevo pueblo cerca de San Bartolo, que le habían llamado, La Trinidad.  Su padre, fanático de la estrella americana, Elvis Presley, combinó este nombre con la del famoso matemático griego, Arquímedes.  Su padre que había sido un trovador de ventanas cerradas y calles oscuras, en su época de escuela también había mostrado ser un buen pupilo, pero su padre lo abalanzó hacia la carpintería y donde quedó fascinado con lo que parecía ser un clavo, pero que era diferente a un clavo.  El tornillo, fue el mejor invento que Toño Pinzón, a la edad de treinta y tres años había registrado en los anaqueles de su memoria, como uno de los más importantes de toda la historia.  -¡El tornillo y la rueda!- se decía y lo decía a los demás con una honda excitación.  Toño, en sus años de aprendiz de carpintería, había diseñado una variedad de herramientas usando aquel principio básico del espiral.  Muchos en aquel pueblo quedaban admirados, por la imaginación practica de Toño, usando el principio del tornillo para cavar pozos de agua y letrinas.  En realidad todos sus diseños eran copias patentadas en otras sociedades, pero en su pueblo tenían el sabor de una inventiva fresca.  Para Toño Pinzón, aquella fascinación por el tornillo fue tan fuerte, que le valió a que le cambiaran su apodo y por el cual también estaba profundamente agradecido.  Prefería a que le llamaran Tornillo, a ser llamado Pisón.
            Elvis, por ser hijo natural, pero reconocido por su padre, llevaba ambos apellidos, y en la escuela los maestros eran los únicos que le llamaban por sus dos primeros nombres y omitían los apellidos en lo que estaba bajo su control.  Sus compañeros eran los que burlescamente lo llamaban por los apellidos, al igual como se llamaban entre sí, pero era obvio que al llamar a Elvis, lo hacían en son de chunga.  – ¿Alguien ha visto a Prieto Pinzón? – preguntaban con sonrisitas y casi siempre omitiendo la letra “n” del apellido Pinzón.
            Elvis Arquímedes, había conllevado el estigma de su apellido con una gran madurez y para este día de clausura de su noveno grado, no podría recordar si fue para su tercero o cuarto grado en la escuela, que tuvo su última pelea con algún compañero por ser simplemente nombrado por su apellido.  En aquel tiempo un maestro le habría dicho, que tenía un apellido sugestivo, y fue aquella palabra “sugestivo”, la que Elvis aceptó y acomodó en algún lugar de su memoria y que definió como “emocionante”.  También recordó lo que el mismo maestro le dijo tiempo después y que sólo logró sacarle una carcajada, cuando decidía en que área de bachillerato debería de emprender.  –Si algún día decides ser doctor en medicina, no escojas especializarte en ginecología. – ¿Por qué?- le habría preguntado.  – ¡Algún día lo entenderás!  - y en realidad, un día lo entendió y se echó a reír.
            La maestra que le había otorgado su certificado, también le había dado un regalo, que consistía en la obra de Miguel de Cervantes, << Don Quijote de la Mancha>> de tapa dura y muy bien envuelto en papel alusivo a la ocasión con su chonga azul marino.  Siempre gustó de leer y a sus quince, había leído las obras que típicamente se leen a este nivel, y aunque tenía un buen uso del vocabulario, era un vocabulario típico a su entorno y muy regionalista.  Este día, en la celebración que todos los del noveno grado habían planeado tener después de la presentación de los certificados, se disponían a tomar el almuerzo en una de las aulas de la misma escuela y del cual todos los estudiantes colaboraron trayendo lo que sus posibilidades permitieran.  El menú consistía en espaguetis en salsa de tomate con pollo, acompañado de un arroz blanco y tortillas de maíz.  A Elvis, le habían encomendado traer los cubiertos y él llevó servilletas de papel con un mantel para cubrir una mesa, que él había  conseguido pidiendo prestado a uno de sus vecinos.  Cuando sus amigos le dijeron que creían que él era el encargado de traer los cubiertos y así lo habían corroborado en la lista que alguien todavía conservaba, Elvis quedó perplejo y anonadado.  - ¿Pues entonces que deberían ser los cubiertos?  - se cuestionó en su pensamiento.  Alguien que había hecho referencia a tenedores y cuchillos, y los relacionó con los cubiertos, le disipó su pregunta interna y pudo manejar con una salida honorable su ignorancia de ética urbana.  Al final de aquel equívoco, todos le dieron las gracias por el mismo, pues a nadie se le había ocurrido agregar servilletas a aquella lista y que ahora por falta de cubiertos, se habían visto en la necesidad de comer macarrones con pollo y arroz, usando la misma tortilla como punto de apoyo para llevarse aquel bocado a la boca.  Quedaron embarrados de pasta de tomate y sí, las servilletas quedaron como añillo al dedo.
            En agosto de este mismo año había cumplido sus quince primaveras y hubieran pasado desapercibidas, si no es que su abuela Tona, hubiera recitado la misma retahíla de consejos que le había dado un año atrás, claro, agregando algunos nuevos que se ajustaban más a su edad de joven mozuelo.  Esta vez, había tomado resonancia uno de los nuevos consejos y que le había hecho reír, por la manera que lo expresó la viejita:   <<Proba una vez de todo en la vida, menos ser maricón. >>.
            Había fumado su primer cigarro un día antes a su primera comunión, cuando él habría tenido doce años.  Fue en el funeral de la mejor amiga de su abuela y junto a unos amigos habían tomado los cigarrillos que se dan tradicionalmente en los velorios, pero nunca le provocó seguir haciéndolo y la experiencia del primer cigarrillo quedó sin el idilio de los buenos recuerdos. El siguiente día de su primera comunión, pidió perdón ante el cura por su falta y se persignó como todo un angelito al tomar la blanca hostia.  Su primera experiencia con el etílico sucedió el siguiente año, y su abuela sintió la bocanada de alcohol rezagado cuando éste se levantó aquejado del dolor de cabeza de cuarenta grados, que le torturaba como un martillo pegando en su coronilla.  Esta vez la abuela lo obligó a confesar esta nueva falta ante el cura, pero ella misma le había comprado el trago para que mitigara su goma, cuando regresaban de la iglesia.  A sus catorce probó la marihuana, pero nuevamente, lo de fumar no era para él, y su abuela también había colaborado en desencantar su atrevida e ilegal proceder de una manera sutil, sin que ella misma se hubiera dado cuenta de lo que había logrado.  -<< ¿De donde venís? ¡Parece que te cagastes en los pantalones! ¡Oles a mierda!>> -  Elvis, que por aquella instancia conllevaba una mala relación con su reflejo en el espejo, minándolo de una baja estima y que a la misma vez luchaba por sobreponerse al estigma de sus dos apellidos, pensó a su corta edad, que todo aquello era lo suficiente, para además agregarle un mal olor a su imagen.  Nunca la volvió a probar y desde aquella observación de su abuela, se mantuvo alejado de la tentadora hierba, de la cual fue testigo ocular, como afectó de una manera imponente, la vida de muchos de sus compañeros y amigos.
            Novia no se le había conocido, aunque se rodeaba de todas la chicas de su clase en la escuela, de las cuales intuía, le buscaban de una manera convencionalista y querían asegurarse del soplo esperanzador en los exámenes  a través del año escolar.  Sus amigos y compañeros de clase que conocían era un virgo de primera línea, le decían en son de burla, que si alguien le quitaba aquel defectito, siempre sería un Virgo hasta la muerte.  Otros que presentían que Elvis pertenecía al derrotero del callejón de los menos agraciados y que usaban el apellido Prieto, más que como nombre sino como un adjetivo, habían sobrepuesto el nombre popular de una chica española y decían que Manuela era la única novia que Elvis podría conseguir.  Un día la profesora, después de escuchar este nombre relacionado a Elvis, les preguntó en forma general a toda la clase: << ¿Y quién es Manuela? >>  - a lo que todos se echaron a reír.
            Aquella tarde después de la comida, fue Elvis, junto a las profesoras los que se habían quedado a limpiar los últimos detalles del despilfarro que habían provocado la inconveniencia de comer espaguetis, sin los utensilios necesarios.  Rieron del desorden y Elvis había descubierto que una compañera cercana de los linderos por donde él vivía, formaba parte de aquel trabajo de limpieza.  Su nombre era Cecilia Altagracia  Bello, y era en la clase del noveno grado una de las mayores.  Iba a cumplir diecisiete años a finales de noviembre, pero desde que cumplió los quince, comenzó a sentir una fiebre perenne producto de su progesterona avispada que le daba una sensación de comezón por todo su esbelto cuerpo.  Medía un metro sesenta y cinco y pesaba ciento quince libras en una silueta juvenil y aura engañosamente angelical.  Rubia de tez clara y cuya melena obedecía a la gravedad, cayendo sedosamente hasta las últimas vertebras donde su columna perdía su hermoso nombre.  Tenía facciones europeas y la única con los cabellos dorados en toda su escuela, pues ni su hermana menor quien asistía a la misma, tenía la piel clara, ni los vellos soleados como las mazorcas de elote.  No se le podía criticar de bonita, pero sí de simpática, y tenía una melosidad en su voz, que a estas instancias de su vida, con la progesterona enloquecida como un panal de avispas, magnificaba su voz dulcemente sugestiva.  Su padre y madre oriundos de Chalatenango, habían dejado la campiña silente de San Antonio Los Ranchos, y habían emprendido el éxodo para estar más cerca de la capital del país, donde auguraban mejores tiempos en un país donde la austeridad era un presagio diario.  Llegaron primeramente a San Bartolo, pero luego descubrieron esta nueva vecindad de almas soñadoras, que al igual que ellos venían del interior de la república, esperando que en este pueblo sin nombre de santo, pero más cercano a lo que según ellos pensaban, eran las fases del verdadero Dios, fuera el edén de la prosperidad: La Trinidad.
            Don Regino Venancio Bello, no se había equivocado.  Trabajaba en la fábrica de textiles más grande de Centro América, y donde ganaba un salario gratificante que para muchos contrastaba con su tercer grado de estudio, de los que arduamente se completaban allá por la década de los cuarenta.  Se había alejado de la religión de las grandes masas y fue el primer apóstata en una familia tradicionalmente Católica, Apostólica y Romana.  Al llegar al pueblo de La Trinidad a mediados de los años setenta, se había involucrado con un grupo de línea cristiana protestante, y ya para finales de la misma década, había formado su propia iglesia de la cual era el pastor.  Tenía tres hijos con su esposa Dulce Altagracia.  Venancio que era el mayor, Cecilia Altagracia, y la sacaleches de nombre Vilma.  Había criado a sus hijos, con disciplina y devoción a las expectativas de su fe y estos parecían ser buenos hijos con respecto a los parámetros establecidos por Don Regino Venancio.  Lo que desconocía Don Regino Venancio, que por aquellos días en la clausura del noveno grado de su hija, Cecilia Altagracia, la chica deambulaba por los misterios amelcochados de la lujuria.
            Tenía confesiones directas con el Altísimo a cada dos días, desde que cumplió los quince y había sido expuesta en la clase de Salud, a las figuras de los órganos reproductivos.  Fue una visión adictiva y hasta cierto punto enfermiza, y lo único positivo de esta experiencia, fue el propio conocimiento de su sexualidad y el único examen que pasó con la excelencia de un diez, y el cual su maestra lo había adornado con una carita feliz.
            Terminaron la limpieza media hora antes, a que el turno de la tarde comenzara su ceremonia de clausura.  Elvis se había despedido de los maestros y se dirigía a la puerta del aula, cuando escuchó la voz de Cecilia Altagracia, a quien él siempre se dirigió como, Bello.

-         ¿Elvis, me podes esperar? – le preguntó con un suave grito.
-         ¡Claro que si, Bello! Toma tu tiempo, yo te espero. –le contestó.

            Elvis, se entretuvo viendo llegar a los estudiantes del turno de la tarde, quienes se preparaban para su ceremonia de clausura, y entre los cuales tenía a muchos conocidos, pues eran sus rivales en los torneos de fútbol de la escuela.  Vio venir a Cecilia Altagracia, cuya melena de hebras de oro, contrastaba con su blusa blanca, que era parte del uniforme de la escuela.  Estaba sonrojada por el ajetreo de la limpieza y su sudor hizo que le brillara la sien, cuando se expuso directamente al fuego abrasador de la una de la tarde.

-         ¡Gracias por esperarme!-
-         Es un placer, Bello. – le replicó.
-         Deja de llamarme Bello, prefiero que me llames Ceci.
-         Está bien Bello, de hoy en adelante te llamaré Ceci.
-         ¡Ves! Yo siempre te he llamado Elvis. –le recordaba.
-         Porque nunca tuviste el valor de llamarme por el apellido.  –le dijo.
-         No es cuestión de valor.  No quería que pensaras que lo hacía no más por chunguiar.
-         En cambio vos, tenes un bonito apellido. – le dijo el muchacho con una voz que denotaba halago.
-         ¡Ni creas!  ¡Si vos supieras!  Te reirías de mí.  – le replicaba con una sonrisa cohibida.
-         Bello, es un bonito apellido y va muy bien con quien lo lleva.  En cambio el mío, sí muy bien, también va conmigo.  – y terminaba sus últimas palabras con un pálido ímpetu.
-         ¿Y cuál de los dos va mas con vos, el de Prieto o Pinzón? –le había preguntado de una forma muy rápida y esquivando la mirada.

            Elvis, había escuchado la pregunta y le pareció que tenía un efecto que le producía ecos en su cerebro, pero que estas palabras tan repetitivas, en vez de molestarlo le hicieron producir una sonrisa interna que no quiso que se dibujara en su rostro y sólo se sorprendía que tal pregunta viniera de Cecilia Altagracia Bello, la hija del pastor de la iglesia cristiana de la vecindad.  Conocía a la chica, más por lo que contaba su abuela Tona, que por la experiencia que él tuvo, al compartir por un año la misma aula con ella.  Su abuela se había referido a la familia de la chica, como una de las mejores de la vecindad: Trabajadores, buenos cristianos, buenos hijos, y la viejita se había extendido en un repertorio de buenos adjetivos, unidos a pequeñas frases que Elvis en el correr del tiempo ya había olvidado, pero se había quedado con algo, que le saltó como un resorte, al escuchar la pregunta chusca de Cecilia Altagracia: Son tan buenos cristianos, que si la familia de Don Regino fueran católicos, sus hijas serían unas consagradas monjas.
            Habían caminado por la calle paralela a la escuela rumbo al norte y se adentraban en el desvió que los llevaría hacia su vecindad.  Tuvieron que haber saltados los charcos y toreado los cuches que deambulaban por la calle, y que siempre pasaban desapercibidos en el afán de una sorprendente plática.  Cecilia Altagracia, intuyó que Elvis, se había quedado en el limbo de la inseguridad y retomaba la plática para desencantar del incierto a su compañero de clase, para encantarlo con lo cierto de su coqueteo:

-         ¡Sabes!  Te voy a contar algo que nunca le he contado a nadie.  – y  sonreía, mientras Elvis seguía todavía dormitado en su asombro.
-         ¡No es nada malo!  ¡Algo penoso!  Similar a lo de de tu apellido.

            Le contó lo que su padre debió hacer para evitar que su familia, o al menos el resto de su familia, tendrían en conllevar la burla que la unión del apellido de su esposa provocaría junto al suyo.  –Mi madre es de apellido, Bustos.  –y continuó:

-         ¿Te podes imaginar a mi mamá ser presentada como, Dulce Altagracia Bustos Bello?  - y Elvis sonrió.
-         ¡Bueno!  En realidad no sonará así, su nombre oficial sería, Dulce Altagracia Bustos de Bello.
-         Pero en nosotros sonaría fatal.  Mi hermano oficialmente se llamará, Venancio Bello Bustos, y yo sería, Cecilia Altagracia Bello Bustos.  ¡Eso sí que es una alta gracia!  –decía con una sonrisa.
-         Te sentaría bien ese nombre, te va bien.  – le dijo un lanzado y atrevido Elvis.

            Cecilia Altagracia, estaba logrando encontrar la soltura de un tímido Elvis, y la última declaración del muchacho, le había alborotado las hormonas que habían estado pasivas al comienzo de la caminata, e intentó recobrar la cordura contándole que su padre había sobornado al secretario de la alcaldía municipal, para que omitiera el apellido materno y que le había costado diez colones, de los de la década de los sesenta.  Pasaron por el campo de fútbol sin darse cuenta y donde Elvis, había acordado en reunirse con sus amigos para armar un juego de fútbol, el cual por el afán de la plática totalmente olvidó.  Caminaron a paso lento, pues instintivamente se daban cuenta que llegarían muy pronto a casa y ambos querían alargar aquella plática chusca, e insinuadora.
            La muchacha de la melena de oro vislumbraba la oportunidad de hacer de sus fantasías lujuriosas, aunque sea una realidad a medias, y disfrutaba incomodando al prieto Elvis Arquímedes Prieto Pinzón, con sus insinuaciones sugestivas y la cual también le llevaba a ella, a esa sensación de la cuerda floja, donde un torrente de adrenalina le cegaba la razón, e idealizaba al prieto de Elvis, que desde algunos minutos no lo miraba tan prieto, y se aventó como un torero novato al ruedo de lo desconocido.

-         ¿Tenes novia? – cuestionó la chica.
-         ¡No!  ¿Y vos?
-         ¡Novia yo!  ¡Nunca!  Pero tampoco tengo novio.  –ambos sonreían por sus respuestas.
-         Pero has tenido novia.  –continuó con el interrogatorio la chica.
-         Una, hace algún tiempo ya.  –lo dijo con una sensación que ni él mismo lo creyó.
-         ¿Sabes qué es esto?  -y le había dado una bolsita de colorido metálico.
-         ¡Un condón! – le contestó casi perdiendo el aliento.
-         ¿Dónde lo conseguiste? – preguntó el chico inmediatamente de haber dado la respuesta.
-         En la clínica.  Lo agarré sin saber que era.  Agárratelo, puede ser que lo necesites.  – le dijo burlescamente.

            Le había mentido.  En realidad lo había encontrado en los pantalones de su hermano mayor, cuando los esculcaba antes de dárselos a la niña Tona, la abuelita de Elvis, para que los lavara.  Antes de entrar a la colonia de casas de bahareque y de chozas de adobes gruesos con sus techos de palma y de hojas de láminas oxidadas, habían visto caminar a la viejita Tona, que se alejaba de su champa rumbo a un lugar indeterminado.  Habían caminado los últimos dos minutos en un silencio, sólo interrumpido por una alegre brisa y las aves de corral con su cacaraqueo inquieto.  Los dos tenían sus rostros sudados, pero con una temperatura misteriosa, que no supieron si se debía a los treinta y nueve grados del ambiente local, o del loco ambiente morboso que ellos habían magnificado entre erizos y hondos suspiros.  Ella, no iba a renunciar a aquel ambiente que sentía  le movían la tierra a cada lento paso, y antes que Elvis sintiera la obligación de despedirse, la chica salió con la pregunta más inverosímil que ella en sus largos diecisiete años hubiera manifestado: << ¿Me podes regalar un vaso de agua?>>.
            Su casa estaba a la misma distancia, que la choza de Elvis, y el muchacho intuía con un nerviosismo cierto, que algo con lo que había fantaseado en sueños inconscientes estaba a punto de ocurrir.  Y aunque en los sueños nunca apareció Cecilia Altagracia, por su reputación de hija buena y entregada cristiana, no podía creer que la chica de piel caucásea y cabellos de oro, se entregara con esa extrema facilidad.
            Llegaron a la choza de Elvis, que prácticamente era una encerrada enramada.  El único cuarto era un perímetro de cinco metros por cuatro, que  elevaba con mustios adobes el primer medio metro de un rompecabezas de construcción, seguido de una estructura de láminas oxidadas y cartón con coloridos letreros de publicidad.  Tenía un traspatio cubierto, donde la viejita Tona tenía su hornilla con un comal ahumado y donde siempre solía divisarse una ardiente brasa.  En el cuarto se podían ver dos camas, típicas de las que se suelen tener en los barrios pobres de nuestra humilde gente.  La de Elvis, era una cama tijera, que siempre la doblaba para hacer espacio y la dejaba descansando en contra de una esquina, donde se divisaba la columna de vara de bambú que sostenía la temblorosa choza.  La única cama visible, era la de la viejita Tona, que era de pitas cubierta de un fresco petate, que no había perdido su olor silvestre después de cuatro años de uso y transpiraciones tropicales.  Se podía observar un viejo ropero, más viejo que la misma viejita Tona, pues había pertenecido a su querida madre y era el único recuerdo que ella tenía de sus padres.  En las paredes colgaban calendarios con imagines de diferentes santos y el recuerdo más querido, que había sido un regalo de su hijo, y era el crucifijo colgado en la cabecera de su cama, el cual ella creía,  había sido traído desde la Antigua Guatemala.
            Elvis, había hecho pasar a Cecilia Altagracia al traspatio y donde la invitó a sentarse en un zancudo de madera cruda y curtida por las mareas del tiempo.  Desembocó de la fresca garganta de un cántaro de barro, la cristalina agua que caía con gárgaras hipnotizadoras en el guacal que todavía conservaba el  olor al Morro  y que le hacían perder la razón, como su experiencia que tuvo con el etílico.  Se acercó a Cecilia Altagracia y le extendió el guacal de agua.

-         Toma.  – le dijo.

            Ella lo vio con sus ojos zarcos y Elvis, con sus ojos oscuros, y no pensaron en el preámbulo de las caricias, y no sintieron cuando estaban contraminados en la madera cruda en su baile de tango que los llevó instintivamente a la cama de pitas de la viejita Tona.  Fue un beso tan largo, parecido a diecisiete años, pero también corto, como una caricia.  Se vieron sorprendidos ellos mismos en la cama de la viejita, y entre la cobija colorida salieron por los aires la blusa blanca y una falda escolar.  Sus pañales blancos también volaron, así como volaba despavorida su virginidad.  Se ahogaban en la sauna idílica de sus pasiones y los dos con el cantar de los gallos en una tarde abrasadora llegaban a la erupción final, que los mandaba con un impulso incomprensible a los cielos y de donde no querían bajar.
            Ambos se miraron como dos desconocidos y fueron los primeros segundos de su vida, que habían sentido una pena incolora, difusa, e indescriptible.  La magia de la pena, de repente cayó en un bache, pues claramente habían escuchado que alguien saludaba a la viejita Tona, y ésta había contestado al saludo muy cerca de las paredes de su champa.  Saltaron despavoridos buscando sus prendas de vestir, mientras intentaban sin mucha eficacia removerse el sudor de su baño ardiente.  Cecilia Altagracia se había metido su blusa blanca sin el brassier, y se había enchufado en su falda escuelera, pero no había podido encontrar su prenda mas intima.  No tuvo más tiempo para buscarla y se lanzó por la pared contraria de donde había escuchado la voz de la anciana, haciendo un boquete en la pared de cartón.  Siete segundos después apareció la viejita Tona.

            ¿Cómo te fue, mi prieto?  - le preguntaba con una sonrisa, donde la anciana mostraba unas descobijadas encías, que la daban esa ternura y candidez, como a todas las viejitas de nuestros pueblos.  Elvis estaba aun con el torso desnudo y tomó una toalla, simulando que se disponía a tomar un baño.  – Muy bien abuela, luego te cuento, me daré una ducha.  Se encontraron cerca de la salida de la champa mientras la viejita entraba y Elvis salía.

-         ¡Ufa!  Traes un tufito que es maravilla.  Sí, que necesitas de una ducha.  – le decía mientras la viejita le daba una palmada en su espalda aun sudada.
-         ¡Mira!  Me regalaron El Quijote.  – y le señalaba el toldo donde la anciana ponía todos sus chunches de cocina.
-         Si, mira, allí esta.  –le señalaba nuevamente, queriendo evitar que la viejita fuera al interior y descubriera el boquete, que Cecilia Altagracia había perforado en su pavorosa huida.

            La viejita Tona se había tardado en localizar el libro, pues ella pensaba que se trataba de algún juguete.  Elvis se había dejado caer las primeras guacaladas de agua, que levantaron una pequeña nube de polvo, mientras hacía plática con su abuela, y esto le daba tiempo preparándose que decir, o que hacer con el boquete de la pared.  Le pidió un favor inverosímil a su abuela y la viejita había aceptado ir a traer una gaseosa de Cola, pues este día, quien le podía negar un simple favor al primer puesto de la clase del noveno grado.  Salió con un pichel plástico rumbo a la tienda y Elvis le habría arrojado unas pringas de agua para que la anciana aligerara el trotecito arcaico y agraciado de su columna encorvada.  Tardó un poco más de cinco minutos en regresar y fue el suficiente tiempo para que Elvis, parchara la pared con el mismo cartón destrozado, y para asegurarse que la viejita no tuviera ni la más mínima idea de aquella reparación astuta, colgó una  cartulina, de uno de los últimos proyectos de la escuela sobre lo remendado.
            Cecilia Altagracia, había atravesado la angosta calle con el  fustán más bajo que la falda azul y llevaba entre sus manos hechos puño, el brassier que no logró ponerse en el relámpago despavorido de su huida.  Entró sin pensar a la casa de su mejor amiga de nombre Rosario, pero a la cual Cecilia Altagracia, llamaba cariñosamente, Challo.  Llegó en el momento oportuno, pues después de haber salido de la letrina y haberse acomodado lo mejor que pudo, descubrió que no había nadie en casa.  Incomodada por la situación de su estado, decidió arriesgarse y se adentró en el baño destechado donde se duchó y limpió la emoción de su pecado.  Con una toalla aun húmeda se logró secar lo mejor que pudo, y se metió nuevamente en su uniforme escolar y de nuevo salió a la calle, como había salido temprano en la mañana, pero ahora sin su calzón.
            Tres rondas al perímetro de su colonia fueron suficientes para reencontrar de nuevo un poco la compostura de la mañana, y aunque no tenía la seguridad al cien por ciento, pues aun cubierta por su vestimenta escolar, tenía una sensación de desnudez y en sus ojos aun llevaba el brillo del éxtasis mezclada con su vergüenza.
            Cuando se acercaba a su casa, la chica de la melena rubia pudo escuchar la algarabía familiar más vibrante que de costumbre.  Su padre que había asistido a la ceremonia de clausura y junto a su esposa habían vitoreado el nombre de su hija, quien también se había hecho acreedora de un cuarto puesto, pero que en realidad ese cuarto puesto no tenía nada que ver con resultados porcentuales académicos, y que en resumen era más un énfasis a la moralidad, urbanidad y cívica, Don Regino Venancio Bello, tenía preparada una fiesta sorpresa para su adorada hija.
            Entró, y con su rostro sorprendido divisó con la luz de su mirada a toda su familia y una docena de amigos, en los cuales se encontraba Rosario, con toda su familia y compañeros de clase.  La abrazaron tan pronto atravesó la puerta y tan pronto se disipó aquel nudo de abrazos, su padre la tomó de un costado y caminó junto a ella en dirección a la mesa, que era adornada de un oloroso y colorido pastel.  La gente guardó silencio, mientras Don Regino Venancio Bello, como todo un pastor, comenzaba un discurso que él mismo había preparado la noche anterior.

-         Primeramente quiero dar gracias a Dios por haberme dado una linda hija, quien hoy me llena de satisfacción.  El primero, el segundo y el tercer lugar son importantes, pero para mí, el premio a la moralidad, urbanidad y la cívica, es el puesto que deseo nunca pierdas en tu vida. – y continuó su oratoria firme y concisa.
-         Su premio es el humilde reflejo, de lo que está hecha nuestra familia, y que sólo es posible si nos sometemos a Dios de todo corazón con inquebrantable fe.  ¡Dios te bendiga hija! – y concluyó.

            Cecilia Altagracia, se echó a llorar sobre el hombro de su padre, pero todos concordaron que era consecuencia de la sorpresa y de un corazón humilde y emocionado, pero solamente ella sabía que aquel mismo día había salpicado su premio logrado, en el lodo irónico de su accionar incoherente.
            Y mientras Elvis Arquímedes Prieto Pinzón y Cecilia Altagracia Bello, se habían hundido en aquella fiebre pueril, como dos equinos en desbandada,  El Salvador, irónicamente no se salvaba de la intolerancia política, y donde las ideas polarizadas habían comenzado a desangrar a un pueblo que se auto flagelaba, en un término que los historiadores le llamarían, la guerra civil.
            San Bartolo en mil novecientos ochenta y tres, había perdido su olor a tabaco, y el olor a las guayabas y a las cañas comenzaba a ser idealizado por el nacimiento sorpresivo de la nostalgia, que muchos a la edad de Elvis Arquímedes y sus contemporáneos, les fue difícil de apreciar.  Los árboles de mangos y matasanos se despintaban de la topografía del pueblo, y las paredes de la industria que deberían dar una esperanza del sustento digno a la población, fueron más frustrantes que cuando se le sacó el sudor al campesino, al igual que el trapiche le sacaba el jugo a la caña.  En el ambiente ya no se respiraba el aroma de café, que era empujado por los vientos desde la calle panamericana, y el pito de la fábrica de Café Listo, pasaba desapercibido por el bullicio y el ajetreo de la masa colorida que venía, o salía, de la Zona Franca.  Elvis no había divisado que las tres camionetas que daban servicio al pequeño pueblo, no eran las mismas que llegaban y venían de comunidades que sorpresivamente engrandecieron, como San Felipe, Ticsas y muchas otras.  El día que con su bola de amigos atravesaron el pueblo de San Bartolo, adentrándose más allá de la colonia San Rafael y la Santa Rosa, que era el perímetro imaginario de lo que fue dicho pueblito, aquel día sus ojos habían divisado, que los prados detrás de estas colonias estaban ocupados por un submundo que la gente comenzó a llamar, “las cajas de fósforos”.  Eran casas mixtas, cuyos habitantes deberían de dormir parados, pues no se podían imaginar cómo podía caber una cama, en tan reducidas construcciones.  Todos los nativos, comenzaron a levantar el dedo índice en contra de la comunidad de casitas de fósforos.  El ladronismo, la acumulación de la basura, la falta de agua, las niñas alegres de la mala vida, los embarazos infantiles y hasta la marihuana, que en realidad había llegado desde que los americanos la hicieran tan popular, fueron achacados a la nueva migración.
            El peligro más grande que se podía encontrar en San Bartolo y sus alrededores en la época de los nativos y los pocos migrantes que habían hecho de aquel poblado de trapiches turbios y ahumados hornos de tabaco, su casa, era encontrarse por sus polvorientas y estrechas calles, una manada de ganado.  Quizás encontrarse al típico borracho por alguna calle, con su machete desenvainado y que te confundiese con su más severo enemigo, también era una posibilidad, pero una posibilidad inaudita.
            Para el año ochenta y tres, muchos pobladores nativos habían abandonado San Bartolo y llegaban como ilegales a la gran metrópoli de Los Ángeles, California.  La mayoría empujados por la polarización política, que a la vez, aminoraba sus oportunidades en un país que estaba en caos.  Pero los que abandonaban San Bartolo, no fueron ni el uno por ciento, de los que llegaron a habitarlo.  Y en este nuevo orden establecido por las circunstancias, se respiraba el olor nauseabundo de la desconfianza y el desdén.
            Elvis Arquímedes, conllevaba las presiones sociales como todo un muchacho de su edad.  Fue testigo ocular de la ocupación temporal de su escuela por células izquierdistas, que comenzaban a mostrar un profesionalismo en el arte de hacer la guerra.  No tenía una posición política definida y sus decisiones estaban marginadas al ámbito familiar y su abuela era todo lo que él tenía y por la que  vivía.  Ahogaba aquellos pesares indefinidos con la lirica poética del cantante español, José Luis Perales, que para el año ochenta y tres, en el epilogo de su tercera década, se mantenía vigente en el folklor popular, aunque el grupo puertorriqueño Menudo, llegaba con mas alboroto, a las chicas de su edad.
            Habría tenido doce años cuando el recordado arzobispo de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero era asesinado por la bala ignorante y cobarde de la irracionalidad.  Su abuela Tona, aquella tarde dijo algo, que  Elvis Arquímedes llevaría a los anaqueles de su memoria, y lo cual mezcló con el olor a la yuca y los pescaditos fritos, que en esta región del territorio salvadoreño son conocidos como, “chimbolitos”: <<Si hacen esto de matar a un hombre santo, como el arzobispo, ¿que no le pueden hacer a uno?>>.
            Elvis Arquímedes, se mantenía alejado del juego político que polarizaba a su propio país.  Acarreaba el agua para gente como Don Regino Venancio, quien era además de ser conocido como el pastor de la iglesia, un miembro activo del partido oficial, pero también le llevaba el agua a los de la casa de enfrente, que tenían designios difusos, más inclinados al lado izquierdo.  Para Elvis Arquímedes, los dos pesaban igual, pues recibía los mismos diez centavos por cada cántaro de agua que les proveía.
            Este día de noviembre, donde había conseguido el primer lugar del noveno grado, lo habría recordado tiempo después como uno de eso días inciertos de su vida.  La felicidad de aquella mañana y la súbita experiencia de su cúspide sexual con la chica de la melena de oro, habían llegado a ser efímeras, y ya para el ocaso del día, su aura se vestía de un matiz gris, como la caída de aquella noche.  Recordó todos los textos en la clase de Salud, y la cantidad de posibilidades de enfermedades venéreas, en una lista metal, que ahora le parecían interminables y más severas, y hasta sentía que tenía los síntomas de alguna de ellas.  Pero en realidad la mortificación más grande que tenía, era que se había encontrado aquel envoltorio metálico en el bolsillo de su pantalón, intacto.  En el alegre y emocionante terremoto que había luchado junto al cuerpo candente de la chele Cecilia Altagracia, se le había olvidado usar el preservativo que minutos antes la chica le había provisto con una circunstancial gracia.  – ¡Soy un pasmado! – se dijo.
            Cecilia Altagracia, llevaba su incertidumbre de una mejor manera y lo que más la acongojaba era la posibilidad de ser descubierta, y que su bajo proceder fuera a llegar a los oídos de sus abnegados padres.  Si las matemáticas eran perfectas y sus conocimientos adquiridos en la clase de Salud, donde se sacó un diez, eran correctas, no había posibilidad de que saliera embarazada y eso le alimentaba la paz un poco.  En cambio Elvis, alimentaba aquella preocupación conforme pasaban los minutos, e hizo una cantidad de cálculos aritméticos de cuanto tendría que ganar, para poder criar a un hijo.
            El esplendor de la luz de la gran ciudad de San Salvador se miraba a lo lejos, haciendo contraste con las luces humildes de los pueblos a su alrededor.  Elvis, regularmente, aunque encerrado en su choza por el toque de queda que imponía el gobierno desde las seis de la tarde, siempre se dormía a eso de las diez.  Esta noche la incertidumbre lo carcomía y sólo descansaba de aquel peso brutal, cuando las imágenes exquisitas de lo que había vivido con Cecilia Altagracia aparecían en segundos sorpresivos, para luego caer nuevamente en la vereda de la ansiedad.  Aquella noche de apacibles brisas, extendió su cama más temprano que de costumbre y se envolvió en su cobija y en sus preocupaciones e intentó  de todas maneras descansar.
            La choza estaba callada, y el pequeño radio de baterías también estaba enmudecido y se podía escuchar las voces indescifrables de los vecinos, y los ladridos de algunos perros.  La viejita Tona, encendió su candelita como siempre lo hacía, y se disponía a hacer aquel rezo murmurador de todas las noches frente al crucifijo, que el único hijo varón y quien se había quitado la vida, le había regalado dos años antes a que Elvis Arquímedes, naciera.  Entró a la choza, la cual su nieto mantenía alumbrada con una resina de ocote,  se acercó a su cama y cuando inclinó su ferviente rostro a la imagen sagrada, cayó el relámpago aturdido de su inmensurable enojo.  -¿Qué hijeputa hizo este satrilegio?
            El grito se escucho en todo el silente pueblo, pero fue Elvis Arquímedes el que saltó como un loco de su cama, pues en esos precisos momentos había caído rendido al sueño.  Se acercó con el corazón acelerado por la sorpresa a su querida abuela, y ésta le señalaba el crucifijo colgado sobre la cabecera de su cama.  Elvis Arquímedes, quedó impávido por unos segundos, hasta que su torrente eléctrico le mandaba el procesamiento del descubrimiento que su abuela había hecho.  El calzón de Cecilia Altagracia, había sido encontrado.
            Para suerte de Elvis Arquímedes, por aquellos días, la gente podía escuchar que mataban a alguien y nadie iba a venir en su ayuda, y fue eso lo que mantuvo a los vecinos en el perímetro de sus hogares, e incluso los que estaban todavía aun afuera de sus chozas, haciendo cualquier quehacer, habían salido disparados a refugiarse escondiéndose con los suyos.  Aquella noche, el chico tomó la iniciativa de bajar la prenda intima de sus clandestina y primera amante, y mientras lo hacía tuvo el pensamiento perverso de redescubrir que lo acontecido en aquella tarde, no había sido un sueño, era toda una realidad.  Luego se llenó de incertidumbre, cuando su abuela le pedía, lo que Elvis tomó con la mano con una sutil delicadeza. -¡Dame esa babosada! –le dijo aun con enojo y con ojos de búho inquisitivo.
             Después de una minuciosa inspección a la prenda interior, vino la pregunta directa a un apenado Elvis Arquímedes.  - ¿Con quién de las dos te revolcaste en mi cama, y bajo la mirada de nuestro Señor Jesucristo?  ¿Fue la Vilma o la Cecilia? – le pregunto con una voz más relajada.  La viejita hacia aquella conclusión directa, pues había divisado el emblema de una marca popular en la viñeta de la prenda de vestir y su experiencia lavando trapos ajenos para subsistir, le daban una ventaja inmediata.  -¡Apúrate!  ¿No queras que se los vaya a preguntar a ellas enfrente de su tata, verdad?  Elvis Arquímedes, no sabía si su abuela era capaz de hacer aquello, pero la lógica le indicaba, que era mejor revelar el nombre de la dueña, y así lo hizo.  – Es de la Cecilia Altagracia. –le dijo cabizbajo.  –Mañana te me vas bien derechito a ver al cura y te confesas.  –le dijo con una voz de látigo amenazante.  -¿Y cómo es posible que hayas hecho semejante satrilegio, o como se diga, ante los ojos de Dios?  ¡Sinvergüenza!
            Lo que no sabía la viejita Tona, era la historia detrás del crucifijo que su único hijo varón, según ella creía, había traído con la bendición del santo, el hermano Pedro, de la Antigua Guatemala.  Un poco más allá en el pasado y antes que el unigénito de su hijo naciera, Toño Pinzón, le había dado la sorpresa a su madre de llevarla para la Semana Santa, de aquel año, a una excursión que el comité de las fiestas de San Bartolo organizaba en el afán de recaudar fondos.  Desafortunadamente para la viejita, en esos días cayó con una fiebre y que muchos familiares cercanos habían diagnosticado como dengue.  Toño Pinzón, quiso cancelar y recobrar el dinero del boleto que él había ya pagado, pero la única solución que obtuvo, fue cancelar los dos boletos, pues nadie de los interesados quería comprar uno solo. Dos días antes a la excursión, su madre le había pedido, que cuando fuera a Guatemala, le trajese la imagen del santo untado con el tile grasoso en las urnas oscuras del antiguo templo.  Su hijo Toño, no había tenido corazón para decirle a su madre, que lo que pedía, ahora era imposible.  Miró a su viejita que temblaba y sudaba la fiebre y solamente le respondió con un “si”, a su pedido.  No podía ir ya a Guatemala, en primera instancia porque ya no había cupo, y un buen porcentaje de los ahorros destinados a aquella excursión, se habían ido en algunas medicinas para su madre, aunque la mayoría se había ido en las salidas nocturnas, que él acompañaba con una sonora guitarra y un buen espíritu de caña.
            El día de la excursión, Toño Pinzón se había levantado temprano en la madrugada para dar la obvia impresión a su madre, que iría a la Antigua Guatemala.  La viejita también se había despertado y con voz trémula le recordó su pedido.  - ¡Veras que tan pronto me compongo! – le habría dicho.  El Salvador en épocas como esta, era una gran fiesta.  La gran industria se paralizaba, y el centro de San Salvador, al igual que todas las grandes ciudades a través del territorio se veían conglomeradas en un mar de gentes que se preparaban para el día mayor, donde el volumen del bullicio generalizado disminuía sus decibeles.  Había tenido que esperar la primera camioneta de la ruta veintinueve que salía a las seis de la mañana y se fue rumbo a San Salvador, sin un lugar definido donde ir.  Lo que si sabía, era que tenía que estar afuera de su casa por aquella noche, pues la supuesta excursión estaba programada a regresar el siguiente día por la tarde.  Se bajó por la terminal de oriente donde se adentró en un comedor de pobres donde ordenó su café y la primera tortilla del día.  Caminó por las aceras de la gran ciudad desorientado y perdido se adentró y se confundió con las grandes masas de aquella mañana.  Lo sorprendió la seis de la tarde buscando hospedaje y antes de darle al encargado de aquel sitio de mala muerte los dos colones, que costaba una noche con derecho a un baño, se fue a tomar la cena, con la promesa que regresaría mas tarde.
            Antonio Pinzón, no se había dado cuenta que había caminado todo el día, haciendo una “U”, por todo San Salvador, y cuando buscaba lugar donde pasar la noche, se encontraba por una de las arterias principales de la gran ciudad.  La calle Avenida, para los locales, era un sitio donde todos los sentidos tenían que estar en máxima alerta.  Los vehículos transitando, la gente caminando, los dueños de lo ajeno acechando, y las niñas de la mala vida insinuando su mercancía.  Toño Pinzón, se adentró en una pupuseria, de las pocas que no estaban al aire libre y donde la música de Agustín Lara y Daniel Santos, cautivaban el oído del joven.  No le habían traído la cerveza que había ordenado minutos antes, cuando una chica que él vio afuera del comedor se acercaba y se dirigía directamente, sentándose frente de él.

-         ¿Me invitas a una cerveza? – le preguntó.
-         Está bien.  –le replicó con asombro e inseguridad.
-         ¿Cómo te llamas? –continuó, mientras la chica le golpeaba con sus pies de una manera sutil, la pantorrilla.
-         Antonio.  ¿Y vos?
-         Podes llamarme como vos queras, pero por aquí me conocen como Lucia.

            La vio mientras caminaba por la acera antes de entrar al comedor y se había reído de la manera que el grupo de chicas con una inventiva inusual comercializaban sus cuerpos y le cantaban a todos los hombres que caminaban cerca de ellas, su eslogan atrevido: <<Un tostón por un colón. >>.  La referencia a la moneda nacional era irónica e inaudita, pero simple para el doble sentido.  Hoy que tenía en frente a Lucia, como decía llamarse la muchacha de los mil amores, divisó que la chica de tez morena y de rizos acomodados por una química incolora, no debería tener más de veintiuno.  Tenía frente poética y nariz diminuta, y sus ojos negros le brillaban coquetos a la vida, así como sus aretes de fantasía brillaban con la sutileza del engaño.

-         ¿Buscabas compañía? – continuó con la plática, mientras el dependiente traía dos cervezas, cuando originalmente Toño, tan sólo había ordenado una.
-         ¿Y cuanto me cuesta tu compañía? – le habría preguntado un emocionante  y caluroso Antonio.
-         Bueno, si quieres pasar conmigo toda la noche, yo cobro cinco colones, pero a vos te lo dejo a cuatro y tostón.  –le contestó.
-          Que quede en cuatro y te invito a comer.  –fue su contrapropuesta.
-         Bueno, está bien.  –y cerraron el ilegal contrato.

            Comieron y bebieron hasta llegar las nueve de la noche y luego la chica lo tomó de la mano y lo encaminó a través de las calles hasta llegar coincidentemente a la misma pocilga, a la que Toño intentó esquivar.  Vio al dependiente del lugar con la misma mirada lúgubre con que lo había despedido horas antes y se adentraron en el mesón.  Lucia abrió la puerta que había sido un paisaje de éxtasis para algunos y de malas horas negras para otros.  Toño divisó aquella habitación de paredes agrietadas y en su color de un verde arcaico tenía los átomos de la tristeza y las células de la desesperanza.  Fue obvio, que Antonio no pudo ver los átomos ni las células, pero si divisó la estructura de una cama metálica y su colchón de pobre, pero lo que le llamó más la atención de aquel lugar siniestro, era un crucifijo hecho de barro, que descansaba colgado de un clavo, tan grande como los que le clavaron a Jesucristo.
            Quedó por un momento mudo, intentando comprender que hacia esa figura sagrada en una pocilga con olor a pecado.  Medía cuarenta centímetros de su base, hasta donde salía el alambre donde se colgaba.  Había sido pintado de una manera, que evidentemente la estética no tenía nada que ver, con el producto deseado, y los brochazos rojizos que asemejaban la sangre de sus heridas, eran tan coloridos como los labios de la chica que dijo llamarse Lucia.

-         Tenes que quitarlo de allí, así no puedo.  –y le señaló el crucifijo.
-         Está bien, yo lo muevo.  – le dijo.

            Se subió a la cama metálica y ésta crujió con un llanto extraño que por un momento pareció ser un quebranto humano.  Lo puso junto a donde había puesto su cartera la muchacha, que era la única mesa donde también descansaban unas revistas y un paquín con fechas de media década atrasadas.  A Toño, se la había hecho bastante extraño la figura de aquel crucifijo, y con un sentimiento de cristiano que nunca había experimentado anteriormente, pensó rescatar aquella imagen de lo que él creyó, eran las garras de la oscuridad.

-         ¿Es tuyo?
-         ¡Es todo lo que tengo!
-         Te lo compro.
-         ¿De veras queres comprarlo?  ¿Cuánto me das?
-         Dos pesos.

            La chica no lo pensó dos veces, pues ella había pagado por aquel tosco y mal elaborado crucifijo, treinta centavos en el mercado de Cojutepeque, y Toño se sacó los dos colones y se los puso en sus manos.

-         ¿Queres que te page los cuatro pesos ya?
-         No, eso todavía no.  Yo cobro después del trabajo. – se lo dijo en un tono de confianza y seguridad.

            El ruido de la ciudad nunca se apagó y disfrazó el bullicio que se produjo en aquel cuarto, y la candela tristona tan sólo se apagó tan pronto la pasión se había extenuado.  Llegaron los soles del siguiente día y Toño Pinzón se levantó por el ruido de un radio y divisó que la chica de nombre Lucia, ya no dormitaba a su lado.  Miró la mesita del cuarto y divisó que el crucifijo todavía descansaba en la misma posición como la noche anterior lo había dejado.  Se metió en su vestimenta ajada y descubrió que la linda Lucia se había llevado todo su dinero y solamente le había dejado cincuenta centavos, que por aquella época era suficiente para llegar a cualquier punto de El Salvador.

            -Vaya por pendejo, por un colón me dejó con sólo un tostón. – se dijo a sí mismo.  No fue a indagar absolutamente nada con el dependiente del lugar, que era el mismo que había conocido la noche anterior y esta nueva mañana se le agregaba a su mirada lúgubre el embate cruel del desvelo.  Era obvio que la hermosa Lucia, le había robado los últimos ocho colones, que el prieto Toño había hecho un puño, metiéndolos enrollados en sus calcetines, pues los cuatro colones acordados por el servicio de la compañía, el muchacho los había dejado sobre la única mesa de la arcaica habitación.  Salió frustrado, burlado y robado, y se alejó de aquel lugar lo más pronto que pudo, hasta llegar nuevamente a la terminal de oriente, donde volvió a pedir un café y la primera tortilla del día, que esta mañana le ayudaría a bajar el nudo que llevaba aun en su garganta.  Traía el tosco crucifijo consigo y después de haber tomado el desayuno, se levantó y se acercó a la hornilla del comedor y con su mano embarró de tile, el mal elaborado y colorido crucifijo.  Se asomó a San Bartolo a eso de la cinco de la tarde y veinte minutos después se adentraba en la comunidad que por aquel entonces algunos le comenzaban a llamar, La Trinidad.  Le dio el crucifijo a su madre, el cual colgó sobre la cabecera de su cama, y luego se echó a dormir.  La señora Tona, milagrosamente, después de cuatro días de fiebres incontrolables, se había levantado el siguiente día, con los primeros soles de la mañana y había preparado el desayuno para sus hijos.
            Esta noche, diecisiete años después de la anécdota desconocida de su hijo ya muerto, vivía las aventuras pueriles de su querido nieto.  A Elvis Arquímedes lo quería tanto, y como ella se lo hiciera saber a todo el mundo - <<a mi ñeto lo rete quiero>>.  Elvis Arquímedes, le había dado las satisfacciones que ninguno de sus tres hijos jamás le dieron.  El muchacho nunca le llamó abuela, sino mamá, y todo el mundo lo aceptaba así, pues el joven desde los años de primaria le había dedicado los poemas alusivos a la madre, los cuales pasaba a declamar todos los diez de mayo en la tarima temporalmente construida en la escuela, donde celebraban en ámbito estudiantil tal evento, y por la noche tenía otro repertorio para declamarlos en la velada de la iglesia a donde asistía.  Desde pequeño tuvo la iniciativa de ganarse honestamente los centavos, haciendo algunos mandados por aquí, llevando el agua para allá, vendiendo los leños que recogía a las tortilleras, y un sinfín de pequeños trabajos que le redituaban los centavitos que luego compartiría con su querida viejita.  El ejemplo más vivo que la viejita tenia de su adorable nieto, fue el sentimiento que le provocó al descubrir, lo que Elvis Arquímedes, había hecho con el regalo del primer puesto de su sexto grado.  La profesora le regaló una cadenita con un pequeño crucifijo de oro, la cual vendió por unos cuantos colones, para comprar la medicina de su enferma madre.
            Antonia Concepción Pinzón, mejor conocida como niña Tona, descubría los amoríos prohibidos de su nieto, y aunque mostraba enojo por el comportamiento del muchacho, también reía de los arrebatos pasionales de esta juventud.  La viejita se levantó la mañana siguiente con el firme propósito de obligar a su nieto, a confesar el grave pecado cometido.  Y mientras Elvis Arquímedes, pasaba la penosa experiencia de confesar sus faltas ante un humano, que le hacía gestos y daba opiniones contrariadas, a lo que el muchacho quería escuchar, Cecilia Altagracia tenía una ventana abierta directa con su creador, pero al que no le veía cara, ni gesto alguno.  Elvis Arquímedes, conllevaba la penitencia de su pecado y la chica la vana promesa de no claudicar de nuevo en aquel accionar.
            ¡Imposible!  Se siguieron viendo a escondidas intermitentemente por los siguientes tres meses, y le incrementaron la lumbre a una enloquecida pasión.  Elvis Arquímedes, confesó de nuevo sus dos siguientes faltas y nuevamente había conllevado la penitencia sugerida por el cura, su consejero espiritual.  Para su cuarta falta ya no fue con el cura y prefirió ser su auto penitenciario, al igual que aprendió a auto medicarse, pues con su experiencia en el confesionario, tenía una idea matemática de cuantos padres nuestros y cuantas avemarías debía de rezar, mientras Cecilia Altagracia seguía haciendo la promesa directa que no podría cumplir.  En término de tres meses se olvidaron de las penitencias y las confesiones directas con Dios.
            La viejita Tona, miró desde la perspectiva de sus setenta y cinco años el descubrimiento venéreo, que ella resolvió como parte natural del vivir de su nieto.  Ella recordaba su propia experiencia y la que conllevo con sus propios hijos, y que en estas instancias de su vida, vivir tres o cinco años de aventuras pecaminosas, eran como un simple suspiro de la vida.  Sus propias aventuras que años atrás le parecieron una eternidad, hoy las deducía a pequeños parches de sus siete décadas y media de existencia.  Resolvió proteger a su nieto, aconsejándolo y muchas veces hasta encubriéndolo de una manera que pasara desapercibida para todos.  Cecilia Altagracia, le caía bien a la viejita, y por aquellos días sólo pensaba en el pesar que sentirían sus padres, si estos descubrieran que su niña no podía sostener en su lugar los calzones, y este día la viejita se habría dicho así misma: << ¡Que cabrona esta cipota!>>. 
            Realmente, ni Elvis Arquímedes, ni Cecilia Altagracia se amaban entre sí.  Lo de ellos sólo fue una explosiva pasión que fue alimentada por la curiosidad de sus jóvenes años y por la negación absoluta de los padres a querer admitir que sus niños dejaron de ser niños y hablar del tema de la sexualidad de una manera abierta y sin tabús.  Y así como comenzó aquel idilio febril, un buen día terminó sin ninguna explicación entre ambos y la cual ninguno de ellos quiso buscar.  Todos los de la comunidad se dieron cuenta del amorío que existió entre el prieto de Elvis Arquímedes y la chele Cecilia Altagracia, menos los padres de esta última.