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martes, 19 de julio de 2011

Portada de la Cobertura de "Un Cuento Guanaco"



lunes, 18 de julio de 2011

Nota del Autor

El libro, Un Cuento Guanaco, salió a la venta desde agosto 2011, y puede ser adquirido en todos los acostumbrados sitios de ventas de libros en internet.  Aquí hay algunas sugerencias: 

http://www.amazon.com/Un-Cuento-Guanaco-Segunda-edici%C3%B3n-ebook/dp/B00UKENNSC/ref=sr_1_3?ie=UTF8&qid=1426193773&sr=8-3&keywords=paluca+de+perulapan


Paluca de Perulapán

Un Cuento Guanaco, Resumen.


           Elvis Arquímedes, desde su niñez enfrenta muchos obstáculos, típicos de cualquier niño pobre en nuestra Latino América.  En su contra, se le agrega la guerra civil que su país conlleva, como también el estigma de sus dos apellidos aunados a su físico tristemente criticado por no estar en la línea de los atractivos.  Cree que debe sobresalir en algo y como sea posible, y desde sus primeros años en la escuela, le incentiva el aplauso por ser el mejor de la clase.  Los retos son más grandes al pasar de los años, y a pesar de su extrema pobreza, aprende a sobrevivir con gallardía, buscando la vereda que lo aleje de la miseria y las garras del fantasma común, llamado “promedio”.
                                                              
Es un camino largo y sacrificado, pero donde también encuentra el sabor de las pequeñas satisfacciones y las aventuras de un joven que le sonríe fiel a su realidad.  Se entrega a sí mismo y hacia los demás, y es donde encuentra sus grandes triunfos, porque hace realmente lo que ama hacer.  Elvis Arquímedes, nos muestra y nos enseña que el sueño salvadoreño es posible y que con un disciplinado enfoque y astucia se puede trascender desde las garras de la miseria, y que los rayos de la oportunidad no bajan desde los reflejos coquetos de la tierra del norte, mas bien, se encuentran en la luz y el calor de su tierra cuscatleca a la cual desea servir y cultivar.

Un Cuento Guanaco

Capítulo 1


A sus quince, estaba terminando su plan básico en la escuela pública del pueblito de San Bartolo.  Y como siempre, se había ganado el primer lugar de la clase, el cual nunca perdió desde que comenzó su primer grado.  Aquella mañana, revisando su certificado que le avalaba el primer puesto, se puso a reír cuando vio que en la única asignatura que mostraba el grado más bajo de  un ocho, era en la clase de inglés, la cual detestaba y de la que estaba seguro, no merecía ni tan siquiera un siete.  Intuía que su maestra, a la cual conocía desde sus años en primaria, había sido benévola y le había regalado aquel grado para que se alzara con el primer puesto.  “Yes”. - dijo con un acento más inclinado por la “Ll” de castilla, que por la “Y” griega.  Tenía el cabello negro y algo quebrado, ojos oscuros con una brillantes saludable y sus pómulos sobresalían y magnificaban su tez color de hormiga.  Su perfil de gallinazo terminaba por mandarlo a la línea  infame de los menos agraciados, pero en su espíritu tenía un candor que lo rescataba de permanecer siempre en esa línea: Amable, gentil, dadivoso, excelente estudiante, buen hijo, y hasta una falsa representación de religioso, que ocultaba con un sigilo también religioso.
Su abuela Tona, este día no lo había acompañado a la clausura de su  último año de plan básico.  La septuagenaria se había quedado en su choza, dándose un baño de sales y ciprés, que le mitigarían el dolor del reuma que le había venido aquejando por el último año.  Así que aquella mañana la abuela le tenía la mejor camisa blanca y el mejor pantalón azul, de los dos únicos de uniforme de donde escoger.  Le preparó un buen desayuno a su nieto, donde a los acostumbrados frijoles y tortilla tostada a las brasas, se le habían agregado un huevo estrellado, un pedazo de queso duro, tres rajas de plátano frito y un pan francés.  Tan pronto había terminado con su desayuno, sus amigos le gritaron desde la calle, y salió con todos ellos a su último día en la escuela,  por donde pasó los últimos nueve años de su corta vida.
Él, había sido designado para recitar la oración a la bandera en aquella ceremonia de clausura y donde descubrió los primeros signos de la nostalgia, al mirar los rostros de sus compañeros de clase, de los cuales intuía, que a muchos dejaría de ver desde aquel día.  Además de ser un excelente estudiante, era también la estrella del equipo de fútbol de la escuela, pues era el goleador de puro cuero, puesto que jugaba este deporte descalzo, para no exponer a deteriorar de una forma prematura, sus únicos zapatos.  Terminó con el protocolo acordado y tan pronto tomó su asiento, la maestra de ceremonia comenzó en cuenta regresiva con los ganadores de los primeros cuatro puestos.  – Y el primer puesto del noveno grado, es para Elvis Arquímedes Prieto Pinzón.  Y todos comenzaron a vitorear su nombre: –Elvis, Elvis, Elvis…
Su padre, quien se había quitado la vida después de habérsela quitado  a su mujer, en una riña mezclada por el alcohol y los celos, había dejado a Elvis huérfano desde los cuatro años.  Desde entonces vino a vivir con su abuela paterna y quien era ayudada por una de sus hijas,  quien fue una de las primeras habitantes de este nuevo pueblo cerca de San Bartolo, que le habían llamado: La Trinidad.  Su padre, fanático de la estrella americana Elvis Presley, combinó este nombre con la del famoso matemático griego, Arquímedes y se lo dio por nombre a su único hijo.  Su padre que había sido un trovador de ventanas cerradas y calles oscuras, en su época de escuela también había mostrado ser un buen pupilo, pero su padre, quien era abuelo del huérfano Elvis Arquímedes, lo abalanzó hacia la carpintería y donde quedó fascinado con lo que parecía ser un clavo, pero que era diferente a un clavo:  El tornillo, fue el mejor invento que Toño Pinzón a la edad de treinta y tres años había registrado en los anaqueles de su memoria, como uno de los más importantes de toda la historia.  -¡El tornillo y la rueda!- se decía y lo decía a los demás con una honda excitación.  Toño, en sus años de aprendiz de carpintería, había diseñado una variedad de herramientas usando aquel principio básico del espiral.  Muchos en aquel pueblo quedaban admirados por la imaginación práctica de Toño; usando el principio del tornillo para cavar pozos de agua y letrinas.  En realidad todos sus diseños eran copias patentadas en otras sociedades, pero en su pueblo tenían el sabor de una inventiva fresca.  Para Toño Pinzón, aquella fascinación por el tornillo fue tan fuerte, que le valió a que le cambiaran su apodo y por el cual también estaba profundamente agradecido:   Prefería a que le llamaran Tornillo, a ser llamado “pisón”.
Elvis, por ser hijo natural pero reconocido por su padre, llevaba ambos apellidos, y en la escuela los maestros eran los únicos que le llamaban por sus dos primeros nombres y omitían los apellidos en lo que estaba bajo su control.  Sus compañeros eran los que burlescamente lo llamaban por los apellidos, al igual como se llamaban entre sí, pero era obvio que al llamar a Elvis, lo hacían en son de chunga.  – ¿Alguien ha visto a Prieto Pinzón? – preguntaban con sonrisitas y casi siempre omitiendo la primera “n” del apellido Pinzón.
Elvis Arquímedes, había conllevado el estigma de su apellido con una gran madurez y para este día de clausura de su noveno grado, no podría recordar si fue para su tercero o cuarto grado en la escuela, que tuvo su última pelea con algún compañero por ser simplemente nombrado por su apellido.  En aquel tiempo un maestro le habría dicho, que tenía un apellido sugestivo, y fue aquella palabra “sugestivo”, la que Elvis aceptó y acomodó en algún lugar de su memoria y que definió como “emocionante”.  También recordó, lo que el mismo maestro le dijo tiempo después y que sólo logró sacarle una carcajada, cuando decidía en que área de bachillerato debería de emprender.  –Si algún día decides ser doctor en medicina, no escojas especializarte en ginecología. – ¿Por qué?- le habría preguntado.  – ¡Algún día lo entenderás!  - y en realidad, un día lo entendió y se echó a reír.
La maestra que le había otorgado su certificado, también le había dado un regalo que consistía en la obra de Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha, de tapa dura y muy bien envuelto en papel alusivo a la ocasión con una chonga azul marino.  Siempre gustó de leer y a sus quince, había leído las obras que típicamente se leen a este nivel, y aunque tenía un buen uso del vocabulario, era un vocabulario típico a su entorno: muy regionalista.  Este día, en la celebración que todos los del noveno grado habían planeado tener después de la presentación de los certificados, se disponían a tomar el almuerzo en una de las aulas de la misma escuela, y del cual todos los estudiantes colaboraron trayendo lo que sus posibilidades permitieran.  El menú consistía en espaguetis en salsa de tomate con pollo, acompañado de un arroz blanco y tortillas de maíz.  A Elvis, le habían encomendado traer los cubiertos, y él llevó servilletas de papel con un mantel para cubrir una mesa que había  conseguido pidiendo prestado a uno de sus vecinos.  Cuando sus amigos le dijeron, que creían que él era el encargado de traer los cubiertos, y así lo habían corroborado en la lista que alguien todavía conservaba, Elvis quedó perplejo y anonadado.  - ¿Pues entonces, qué deberían ser los cubiertos?  - se cuestionó en su pensamiento.  Alguien que había hecho referencia a tenedores y cuchillos, y los relacionó con los cubiertos, le disipó su pregunta interna y pudo manejar con una salida honorable su ignorancia de ética urbana.  Al final de aquel equívoco, todos le dieron las gracias por el mismo, pues a nadie se le había ocurrido agregar servilletas a aquella lista y que ahora por falta de cubiertos, se habían visto en la necesidad de comer macarrones con pollo y arroz, usando la misma tortilla como punto de apoyo para llevarse aquel bocado a la boca.  Quedaron embarrados de pasta de tomate y sí, las servilletas quedaron como añillo al dedo.
En agosto de este mismo año había cumplido sus quince primaveras, y hubieran pasado desapercibidas, si no es que su abuela Tona hubiera recitado la misma retahíla de consejos que le había dado un año atrás, claro, agregando algunos nuevos que se ajustaban más a su edad de joven mozuelo.  Esta vez, había tomado resonancia uno de los nuevos consejos y que le había hecho reír por la manera que lo expresó la viejita:   <<Proba una vez de todo en la vida, menos ser maricón. >>.
Había fumado su primer cigarro un día antes a su primera comunión, cuando él habría tenido doce años.  Fue en el funeral de la mejor amiga de su abuela y junto a unos amigos, habían tomado los cigarrillos que se dan tradicionalmente en los velorios, pero nunca le provocó seguir haciéndolo y la experiencia del primer cigarrillo, quedó sin el idilio de los buenos recuerdos. El siguiente día de su primera comunión, pidió perdón ante el cura por su falta y se persignó como todo un angelito al tomar la blanca hostia.  Su primera experiencia con el etílico sucedió el siguiente año, y su abuela sintió la bocanada de alcohol rezagado, cuando éste se levantó aquejado del dolor de cabeza de cuarenta grados, que le torturaba como un martillo pegando en su coronilla.  Esta vez la abuela lo obligó a confesar esta nueva falta ante el cura, pero ella misma le había comprado el trago para que mitigara su goma, cuando regresaban de la iglesia.  A sus catorce probó la marihuana, pero nuevamente, lo de fumar no era para él, y su abuela también había colaborado en desencantar su atrevida e ilegal proceder de una manera sutil, sin que ella misma se hubiera dado cuenta de lo que había logrado.  -<< ¿De dónde venís? ¡Parece que te cagastes en los pantalones! ¡Oles a mierda!>> -  Elvis, que por aquella instancia conllevaba una mala relación con su reflejo en el espejo, minándolo de una baja estima y que a la misma vez luchaba por sobreponerse al estigma de sus dos apellidos, pensó a su corta edad, que todo aquello era lo suficiente, para además agregarle un mal olor a su imagen.  Nunca la volvió a probar y desde aquella observación de su abuela, se mantuvo alejado de la tentadora hierba, de la cual fue testigo ocular, como afectó de una manera imponente la vida de muchos de sus compañeros y amigos.

Novia no se le había conocido, aunque se rodeaba de todas la chicas de su clase en la escuela, de las cuales intuía, le buscaban de una manera convencionalista y querían asegurarse del soplo esperanzador en los exámenes  a través del año escolar.  Sus amigos y compañeros de clase que conocían era un virgo de primera línea, le decían en son de burla, que si alguien le quitaba aquel defectito, siempre sería un Virgo hasta la muerte.  Otros que presentían que Elvis pertenecía al derrotero del callejón de los menos agraciados, y que usaban el apellido Prieto, más que como nombre sino como un adjetivo, habían sobrepuesto el nombre popular de una chica española y decían que Manuela, era la única novia que Elvis podría conseguir.  Un día la profesora, después de escuchar este nombre relacionado a Elvis, les preguntó en forma general a toda la clase: << ¿Y quién es Manuela? >>  - y todos se echaron a reír.